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Misericordias Domini, Mozart

 

Con ocasión del comienzo de los ensayos en nuestro coro, os ofrecemos un breve comentario sobre la obra Offertorium de Venerabili Sacramento. Misericordias Domini (K.222) de W.A. Mozart. 


La composición para el  ofertorio, con su desarrollo de contrapunto, fue  escrita en marzo de 1775 en Munich, y pertenece al periodo juvenil del maestro.
Mozart compuso el Ofertorio Misericordias Domini tomando como base el Salmo 89, cuyos primeros versos rezan así: “Cantaré eternamente la misericordia del Señor, proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones. Porque tú has dicho: Mi amor se mantendrá eternamente, mi fidelidad está afianzada en el cielo”.


El salmo constituye una meditación sobre la vida humana, sobre la caducidad de lo humano y el devenir del tiempo. El salmista yuxtapone constantemente la eternidad de Dios con la brevedad de la vida humana. “La composición de Mozart es un ejemplo genial del arte de unir psicológicamente pensamientos que se oponen -escribe HERMANN ABERT-. Pone delante las palabras Misericordias Domini en una frase homófona lapidaria, con armonías graves, sombrías, renovadas sin cesar, como si se hallase cautivado por la imagen del Crucificado. Pero a esto se opone el Cantabo en un contrapunto libre de melismas fluctuantes”.


Las circunstancias en las que fue escrita la obra las conocemos bien a través del propio Mozart en una carta dirigida al padre Martini (su profesor de contrapunto) a quien le envía la obra para someterla a su juicio: “Pocos días antes de mi salida de esta ciudad, su Alteza el Príncipe Elector deseó oír algo  de mi música de contrapunto. Me ví obligado, pues, a escribir este motete muy deprisa...”.Y la respuesta de Martini:  “Junto con vuestra buena carta, he recibido vuestros motetes. (...) Debo deciros con toda franqueza  que me han gustado mucho, porque he encontrado en ellos todo lo que distingue a la música moderna, es decir, una buena armonía, modulaciones muy maduradas, un movimiento de violines excelentemente apropiado, una fluencia natural de las voces y una elaboración notable.”


 Para la mayoría de críticos y musicólogos es una pura obra maestra que domina toda la producción mozartiana de este periodo. Entre ellos se encuentra JEAN-VICTOR HOCQUARD (“Mozart. Una biografía musical”; Espasa, 1991), de quien extractamos el siguiente comentario:
(...) Mozart realiza un tratamiento del texto sagrado completamente personal y profunda, tanto que “nos preguntamos si la música se conforma con el sentido de las palabras. En seguida nos quedamos sorprendidos por el contraste entre el Misericordias Domini, siempre homófono y piano, casi un cuchicheo, y el Cantabo fugado y forte. Y si el primero puede evocar los sufrimientos misericordiosos de Cristo, la polifonía contrapuntística sobre las palabras Yo cantaré eternamente debería señalar, si no el júbilo, al menos el impulso generoso de gratitud. Ahora bien, esas palabras están marcadas por una trepidación vehemente que tiene algo de tenso y angustiado. De ello resulta  que, cuando sin cesar vuelve el Misericordias Domini, la tristeza llena de lasitud casi parece aportar un respiro. Esta impresión se refuerza cuando esas palabras son salmodiadas recto tono, mientras en los violines se eleva una melodía serena (la del futuro Himno a la Alegría de Beethoven...). Pero más adelante, cuando esa salmodia vuelva con insistencia, la línea será presentada en los violines en un tono menor, de suerte que el  Misericordias Domini (sobre todo con esa elevación cromática al final de cada versículo salmodiado) llega a tener la misma resonancia trágica que el Cantabo. “


“ El Misericordias Domini (¡en re menor, no lo olvidemos!) es una llamada, una trágica y dolorosa llamada de la humanidad sufriente, como seis años más tarde, también en Munich, lo será el Kyrie en re menor –K.341-, y como volverá a serlo el Kyrie del Requiem . Este motete evoca en nosotros de forma irresistible una obra maestra escultórica que Mozart a buen seguro conoció: el Ecce Homo de Guggenbichler que se encuentra en la Iglesia de Sank-Wolfgang”.


José Manuel Sánchez y Emilio Bonilla. Tenores

Granada, marzo de 2011

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